Me río descaradamente de la vida.Me carcajeo de incoherencias y observaciones racionales. De sueños fabulosos y de aquellos que rozan lo absurdo. De planes de domingo y rutinas de semana.
Desfallezco de risa. Con lo que me gusta y lo que parece desagradable. Con los juegos de mesa y esos virtuales que nunca consigo ganar. Con mis amigos de toda la vida y los individuos que me critican cuando doy la espalda.
Me duele el pecho, pero sigo carcajeándome. Del nuevo peinado de mamá y del tradicional corte del abuelo. De las sillas del comedor y de la mesa que siempre se tambalea de inestable. Del coche viejo de mi hermana y de la novísima ruta que encontró papá en su viaje al trabajo.
¡Ay, la oficina, viejito de toda la vida! Ya me encogí en el suelo y nada me salva de éste ataque de risa. Y río, sí ... con los zapatos de Juliana y su vestido de los '80. Con la moda que impone el viejo cartero, cada vez que lo alcanza el perro del vecino. Con esa cuenta oxidada que llega a fin de mes, acentuando las canas de papá.
Creo que me fracturé una costilla ... me punza el tórax, mas no puedo detenerme. Las burlas de 'Pacha' cuando parlotea en el mercado. El rumor del cuarentón que sacó la vuelta a su mujer. La última historia que circula por el barrio acerca del próximo maremoto.
Se carcajea el loro, maldito copión de sonidos. Y me río más con él. De sus franjas ruborizadas en la espesura del verde plumaje. De su pico curvo tan arrogante como la coronilla. De su solemne aleteo cuando le arriman la comida.
¡Pajarito desgraciado, guarda silencio o vete al jardín!
Las risas de Enrique cuando jalaba un examen. Si le pagasen por reprobar, pondría en peligro la supremacía del genio Gates. ¡Vaya que sí!
Me río descaradamente de la vida. ¿Por qué? ¿Y por qué no habría de hacerlo? Si no es de incoherencias, de los sueños, del testarudo avejurro; si no es del peinado de mamá, de los laberintos que improvisa papá, del rumor de aquel infiel; de las mesas, de las sillas ... ¡Por Calvin y Hobbes! ¿De qué podría yo reír?
Me río descaradamente de la vida. No tengo vergüenza, no tengo quehacer. Sólo quiero reír, hasta una lágrima resbale por mi rostro y me advierta que la risa no fue remedio suficiente.

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